Sonreír ya es una costumbre, un reflejo, una curva de alegría que oculta aquel desastre natural de emociones que inunda el corazón y ahoga el uso de razón mientras las palabras de la desesperición queman la garganta al intentar escapar para pedir ayuda. Este simple gesto evita preguntas incómodas, retiene las explicaciones indeseadas y oculta todas las razones por las cuales sufrimos solos y en silencio.
La sonrisa es ese gesto que a veces disfraza el sufrimiento, el peso del dolor en la espalda, los nudos de palabras que se forman en la garganta y el arrastre de los recuerdos que apricionan el presente como cadenas. Es parte de un antifaz que pasa desapercibido en este mundo de apariencias y que sólo aquellos que conocen bien a quien lo utiliza, logran reconocer el dolor oculto casi al instante.
La sonrisa es ese gesto que a veces disfraza el sufrimiento, el peso del dolor en la espalda, los nudos de palabras que se forman en la garganta y el arrastre de los recuerdos que apricionan el presente como cadenas. Es parte de un antifaz que pasa desapercibido en este mundo de apariencias y que sólo aquellos que conocen bien a quien lo utiliza, logran reconocer el dolor oculto casi al instante.

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