No recordaba qué me había hecho salir aquella
noche de mi casa… O quizás sí. Jacques había estado insistiendo por varias
semanas: quería que lo acompañara a pasar una noche agradable con sus amigos en
un nuevo restaurante del centro. Según él, necesitaba salir, divertirme,
disfrutar de buena compañía y comenzar a retomar mi vida. Quizás tenía un poco
de razón; desde la muerte de mi querida Yvette me había enemistado con el mundo
hasta refugiarme en la soledad, llegando al extremo de sentirme extrañamente cómodo
con mi dolor. Aunque realmente no tenía ánimos para salir de las sombras en las
que me encontraba, decidí aceptar la invitación, más por cansancio y
resignación ante la insistencia de mi amigo, que movido por las ganas de hacer
las paces con la vida. Rocé el sillón vació con los dedos, me coloqué el abrigo
y mi sombrero de copa y dejé mi departamento aquella noche aferrado a la idea
de que me faltaba algo importante. Me costaba aceptar que las cosas ya no eran
como antes, aunque cuando me disponía a reunirme con Jacques y sus encopetados amigos,
en cierta forma me sorprendió cómo el mundo exterior no había cambiado ni un
poco a pesar de mis desgracias. La Tierra seguía girando aunque Yvette ya no
estaba para mejorarlo todo.
Si bien el restaurante estaba lleno de gente
cuando llegamos, no tardamos mucho tiempo en acomodarnos en la mesa que habíamos
reservado. El ambiente era tranquilo, la decoración del local era sobria y la luz
tenue daba una sensación de privacidad y comodidad que invitaba a los clientes
a entablar las conversaciones más amenas. Pese a que estas condiciones parecían
asegurar una velada placentera, las personas que me acompañaban en aquella
ocasión no resultaron ser de mi agrado, cosa que en realidad no me sorprendía;
siempre he pensado que Jacques nunca ha sido bueno escogiendo a sus amistades,
ni siquiera yo creo estar exento de calificar como una pésima compañía.
Entre el grupo de amigos reunidos en la mesa aquella noche, se encontraba el Dr. Murat, un hombre de barba pelirroja y gafas diminutas que no dejaba de hablar sobre las enfermedades que agobiaban a sus pacientes, tema que me parecía bastante desagradable y poco apropiado para ser discutido durante una cena. También estaba Madame Lombard, una señora gorda, vanidosa y habladora que siempre se excedía con el maquillaje y los cumplidos. Era tan buena adulando como criticando apenas le daban la espalda. Finalmente, estaba Madame Laforgue, una mujer delgada y extravagante cuyo único tema de conversación parecía ser el uso que pensaba darle a la fortuna que le había dejado su difunto marido. Su cabello rojizo me distraía, ya que era muy similar al cabello de Yvette. El simple hecho de recordarla me ocasionaba dolor, sentía una punzada en el pecho cada vez que comprendía que ya no estaba conmigo, aunque a la vez creía verla en todas partes. Encontré su forma de caminar en la dama que nos condujo a nuestra mesa, sus ojos estaban posados en el rostro de una joven que estaba a unas cuantas mesas de distancia y sus labios los llevaba pintados de rojo una mujer que arreglaba su peinado mientras se miraba en un espejo del local.
Comencé a sentirme bastante enfermo. Jacques y
sus amigos no paraban de reír escandalosamente mientras yo seguía buscando
desesperadamente rastros de Yvette en mujeres desconocidas. Había dejado de prestarle
atención a los aburridos y ridículos temas que discutían durante la cena aquellas
personas que me parecían tan vacías. Además, ni quiera se podía decir que había
tocado mi plato en toda la noche. Me sentía abrumado, ¿en qué estaba pensando
cuando decidí que era buena idea abandonar mi departamento? No transcurrió
mucho tiempo antes de que decidiera excusarme alegando malestar, tenía que huir
de ese lugar lo más rápido posible.
Cuando llegué a mi departamento, colgué el
sombrero y el abrigo. El lugar lucía más enorme y solitario que nunca. Pasé
junto al sillón vacío de Yvette y lo rocé con mis dedos como lo había hecho
tantas veces en los últimos meses. Intenté imaginar que ella estaba allí y que
nunca se había marchado. Imaginé lo qué le diría si estuviera sentada frente a
mí y qué respuestas me daría. Y así comencé a contarle a un sillón vacío todo
lo que había callado durante tantos días de aislamiento y soledad. Al terminar
de desahogarme, suspiré profundamente y por primera vez me sentí en paz desde
que ella se había ido. Miré el sillón fijamente por unos segundos y me senté
lentamente en él. Noté el olor de su perfume favorito a mí alrededor. Cerré los
ojos para percibir mejor su aroma y poco a poco me dejé llevar por el sueño.
Cuando estaba a punto de quedarme dormido, pude sentir cómo una pequeña mano me
acariciaba delicadamente el cabello. Todo iba a estar bien.
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