martes, 31 de marzo de 2015

El sillón vacío

  No recordaba qué me había hecho salir aquella noche de mi casa… O quizás sí. Jacques había estado insistiendo por varias semanas: quería que lo acompañara a pasar una noche agradable con sus amigos en un nuevo restaurante del centro. Según él, necesitaba salir, divertirme, disfrutar de buena compañía y comenzar a retomar mi vida. Quizás tenía un poco de razón; desde la muerte de mi querida Yvette me había enemistado con el mundo hasta refugiarme en la soledad, llegando al extremo de sentirme extrañamente cómodo con mi dolor. Aunque realmente no tenía ánimos para salir de las sombras en las que me encontraba, decidí aceptar la invitación, más por cansancio y resignación ante la insistencia de mi amigo, que movido por las ganas de hacer las paces con la vida. Rocé el sillón vació con los dedos, me coloqué el abrigo y mi sombrero de copa y dejé mi departamento aquella noche aferrado a la idea de que me faltaba algo importante. Me costaba aceptar que las cosas ya no eran como antes, aunque cuando me disponía a reunirme con Jacques y sus encopetados amigos, en cierta forma me sorprendió cómo el mundo exterior no había cambiado ni un poco a pesar de mis desgracias. La Tierra seguía girando aunque Yvette ya no estaba para mejorarlo todo. 

  Si bien el restaurante estaba lleno de gente cuando llegamos, no tardamos mucho tiempo en acomodarnos en la mesa que habíamos reservado. El ambiente era tranquilo, la decoración del local era sobria y la luz tenue daba una sensación de privacidad y comodidad que invitaba a los clientes a entablar las conversaciones más amenas. Pese a que estas condiciones parecían asegurar una velada placentera, las personas que me acompañaban en aquella ocasión no resultaron ser de mi agrado, cosa que en realidad no me sorprendía; siempre he pensado que Jacques nunca ha sido bueno escogiendo a sus amistades, ni siquiera yo creo estar exento de calificar como una pésima compañía.

  Entre el grupo de amigos reunidos en la mesa aquella noche, se encontraba el Dr. Murat, un hombre de barba pelirroja y gafas diminutas que no dejaba de hablar sobre las enfermedades que agobiaban a sus pacientes, tema que me parecía bastante desagradable y poco apropiado para ser discutido durante una cena. También estaba Madame Lombard, una señora gorda, vanidosa y habladora que siempre se excedía con el maquillaje y los cumplidos. Era tan buena adulando como criticando apenas le daban la espalda. Finalmente, estaba Madame Laforgue, una mujer delgada y extravagante cuyo único tema de conversación parecía ser el uso que pensaba darle a la fortuna que le había dejado su difunto marido. Su cabello rojizo me distraía, ya que era muy similar al cabello de Yvette. El simple hecho de recordarla me ocasionaba dolor, sentía una punzada en el pecho cada vez que comprendía que ya no estaba conmigo, aunque a la vez creía verla en todas partes. Encontré su forma de caminar en la dama que nos condujo a nuestra mesa, sus ojos estaban posados en el rostro de una joven que estaba a unas cuantas mesas de distancia y sus labios los llevaba pintados de rojo una mujer que arreglaba su peinado mientras se miraba en un espejo del local. 

  Comencé a sentirme bastante enfermo. Jacques y sus amigos no paraban de reír escandalosamente mientras yo seguía buscando desesperadamente rastros de Yvette en mujeres desconocidas. Había dejado de prestarle atención a los aburridos y ridículos temas que discutían durante la cena aquellas personas que me parecían tan vacías. Además, ni quiera se podía decir que había tocado mi plato en toda la noche. Me sentía abrumado, ¿en qué estaba pensando cuando decidí que era buena idea abandonar mi departamento? No transcurrió mucho tiempo antes de que decidiera excusarme alegando malestar, tenía que huir de ese lugar lo más rápido posible.

  Cuando llegué a mi departamento, colgué el sombrero y el abrigo. El lugar lucía más enorme y solitario que nunca. Pasé junto al sillón vacío de Yvette y lo rocé con mis dedos como lo había hecho tantas veces en los últimos meses. Intenté imaginar que ella estaba allí y que nunca se había marchado. Imaginé lo qué le diría si estuviera sentada frente a mí y qué respuestas me daría. Y así comencé a contarle a un sillón vacío todo lo que había callado durante tantos días de aislamiento y soledad. Al terminar de desahogarme, suspiré profundamente y por primera vez me sentí en paz desde que ella se había ido. Miré el sillón fijamente por unos segundos y me senté lentamente en él. Noté el olor de su perfume favorito a mí alrededor. Cerré los ojos para percibir mejor su aroma y poco a poco me dejé llevar por el sueño. Cuando estaba a punto de quedarme dormido, pude sentir cómo una pequeña mano me acariciaba delicadamente el cabello. Todo iba a estar bien.