martes, 21 de agosto de 2018

Correspondencia con la nada

   Tenía mucho tiempo sin escribir largo y tendido sobre cómo me siento y las ideas que germinan en mi cerebro. A principios de este año decidí empezar un diario usando un cuaderno que estaba guardado entre mis libros de la universidad, pero las cosas no salieron como las había planeado (al poco tiempo lo abandoné porque me sentía fuera de lugar contemplando mi letra torcida sobre las páginas). No obstante, ayer me dije a mí misma que tenía que hacer algo para lidiar con la creencia de que, en cualquier momento, voy a perderme de forma irremediable en el enredo de emociones y miedos que nublan mi punto de vista ultimamente. Dicho esto, me senté frente a la computadora y comencé a teclear todo esto con la esperanza de encontrar aunque sea un poquito de calma (que bastante falta me ha hecho este año).

   En fin, muchas cosas han pasado los últimos diez meses, pero básicamente el problema sigue siendo el mismo: me siento mal, terriblemente mal. Logré sentirme mejor algunos días del mes de febrero y parte de mayo y junio, pero nada de lo que pasó en ese periodo fue lo suficientemente poderoso y estable como para que me ayudara a mantener a raya esa aplastante sensación de que el dolor ya no es algo que va y viene, sino que forma parte de quien soy ahora (lo quiera o no).
 
   Si bien es cierto que en mi vida hay personas que me quieren bastante y que se preocupan por mí, falta algo importante y no sé muy bien qué es. ¿Otro tipo de cariño? ¿Atención? ¿Comprensión? Bueno, supongo que es difícil para ellos ayudarme cuando ni siquiera saben qué es exactamente lo que me pasao o cuando no entienden lo que me genera malestar. Resulta que llevo mucho tiempo acumulando y ocultando cosas porque no soy buena expresándome y me duele un montón dejar al descubierto lo que siento porque la gente y la imagen que se forman de mí en sus cabezas me generan un terror difícil de describir, pues no quiero que me malinterpreten o que piensen que soy ridícula o estúpida.

   Como es de imaginarse, este miedo me ha llevado a alejarme de todo el mundo en la medida de lo posible, por lo que no resulta extraño que actualmente me sienta muy sola y fuera de lugar. Tengo incrustada en mi cabeza esta idea desagradable de que nadie entiende y nadie escucha, cuando la parte racional de mi cerebro sabe perfectamente que allá afuera hay muchas personas capaces de hacer las dos cosas por mí. El problema es que verme salir en busca de esas personas es una imagen que se me hace imposible. No la puedo digerir. Verme a mí misma luchando para interactuar con extraños acelera mi corazón y me revuelve el estómago hasta generarme náuseas. Ante estas sensaciones me encierro más aún y termino abrazando a la soledad como quien ya le agarró el gusto a un tipo específico de sufrimiento.

  Es por eso que escribo estas líneas. Se supone que esta es una carta para alguien que no existe, porque no sé cómo hablar con los que sí existen y están cerca de mi vida de alguna manera. Los imagino aburridos, incrédulos, confundidos, cansados de mis problemas, deseosos de poder ignorarme, llegando a la conclusión de que exagero, de que quiero llamar la atención, de que estoy loca de remate. A lo mejor tienen razón, pero prefiero evitarlos mientras descubro qué hacer con este montón de cosas que he estado guardando y que me lastiman una barbaridad.

   Lo mucho que duele siempre me hace pensar en John Coffey (el personaje del libro The green mile, escrito por Stephen King) cuando dice que está cansado de estar solo y de sentir que tiene trozos de cristal dentro de su cabeza de tanto escuchar el dolor del mundo entero. Siempre recuerdo ese fragmento porque así me siento. ¡Hay tantas voces en mi cabeza diciendo cosas horribles, plantando dudas, creando problemas que antes no existían, recordándome lo que debería ser y no soy, comparándome injustamente con otros y ensuciando la realidad al llenarla de monstruos! Es casi imposible encontrar la paz en esas circunstancias y es por ello que ahora me cuesta hacer las cosas que me gustan por falta de concentración y motivación. Incluso me cuesta escribir y decir en voz alta frases coherentes. Es más, ni quiera puedo dormir por las noches porque las voces nunca se callan. Ojalá se callaran. Realmente extraño dormir.

   Entonces, ¿esto va a parar algún día? De existir seguramente me dirías que todo va a estar bien, porque parece que nos programaron de alguna forma para responder eso cuando alguien nos cuenta que la está pasando mal. ¿A cuántas personas que se suicidaron porque no podían más les habrán dicho exactamente lo mismo? ¿A cuántas personas que terminaron perdiendo la razón les dijeron que lo que les sucedía no era para tanto? No se me ocurre qué responderías a todo esto, pues mi imaginación no da para tanto y menos ahora.

  Alguien que ha sufrido bastante me aseguró hace poco que tarde o temprano las cosas mejoran, pero estoy cansada de esperar mientras los días de las semanas se mezclan hasta ser exactamente lo mismo: un montón de horas incapaces de reunir momentos que valen la pena. Entonces me acurruco sobre mi cama o me echo en el suelo de mi cuarto y trato de poner mi mente en blanco porque algo me dice que eso me puede ayudar a encontrar la solución, pero las voces, los gritos, las dudas, el miedo, el odio, la tristeza, los cristales rotos, la soledad  y el frío se ocupan de inundarme sin desatender ni un solo rincón. “Quizás al otro lado del presente, al otro lado del ahora no hay nada”, pienso, “nada para mí”.

  Y ya no sé.