miércoles, 18 de enero de 2017

Carta 2

  Soy una persona solitaria, no lo niego. Incluso puedo decir que la mayoría del tiempo disfruto el hecho de serlo y, en el fondo, creo que eso no tiene nada de malo. Soy sincera cuando digo que, con el paso de las horas, las personas me agotan, se vuelven ruido y eso no me agrada en lo absoluto. Lo único que me provoca en momentos así es alejarme para poder encontrar la paz que necesito para pensar con tranquilidad. Me gusta mucho hacer del silencio mi nido. No me culpes, es el hogar perfecto; puedes darle la forma que quieras, llenarlo de ideas, sueños y reflexiones. Puedes navegar en él por horas, colmarlo de historias (ya sabes, de esas que viven en los libros o las que crea tu mente cuando fantaseas con un mundo distinto) y acurrucarte en su interior hasta quedarte dormido.

  ¿Qué opinas tú del silencio? ¿Te gusta? Te creería loco si la respuesta es negativa. Me pregunto si persigues los silencios cómodos como yo y si eres bueno cuando se trata de compartirlos. Ahora que lo pienso, no recuerdo la última vez que compartí uno con alguien. Y no me refiero a compartir una habitación con otra persona sin hacer ruido, mientras cada uno está ocupándose de lo suyo, ignorando la presencia del otro. No se trata de eso... para nada. Hablo de estar con alguien en silencio, pero sabiendo que existe una conexión entre los dos. Es estar ahí, sosteniendo la calma del otro. Es saber que ambos están pensando en lo mismo porque se encuentran en la misma página, el mismo párrafo, la misma línea y la misma palabra. Es disfrutar el roce del viento, mirar los colores del cielo, las nubes, las estrellas, el mar, la gente que pasa, los carros que corren y los perros que juegan cuando los sacan a pasear. Eso es compartir un silencio cómodo: apreciar en compañía cómo se mueven los engranajes que hacen funcionar el universo. Suena bonito, ¿verdad? Creo que el mundo sería un lugar mejor si las personas se conectaran con más frecuencia de esa manera. 

  Francamente, me pregunto qué opinas sobre el tema, pero las condiciones no han cambiado. Cartas sin respuesta, ¿recuerdas? Porque soy la loca que le escribe a la nada, al destinatario ausente. Entonces, ¿para qué hago esto? Supongo que a veces necesito hablar de estas cosas con alguien, aunque ese alguien no sepa que le estoy hablando. Bueno, siempre lo has dicho: la fantasía es lo mío. En fin, te dejo de nuevo. Disfruta el silencio, esta vez invito yo.

sábado, 7 de enero de 2017

Carta 1

 Siempre me ha gustado la idea de escribirle cartas a las personas que me importan. Resulta que no soy muy buena hablando frente a frente, sobre todo cuando trato de expresar mis sentimientos más profundos. Cuando se me ocurre intentarlo, mi corazón se acelera, siento que mi respiración se vuelve anormal, me sudan las manos y se me enreda la lengua irremediablemente. Siempre he sido así. Me da miedo la gente y lo que pueden llegar a pensar de mí. Qué tonto, ¿no? Pero ese no es el punto al que quiero llegar con todo esto. ¿Recuerdas que hace muchísimas lunas atrás hablamos de lo importante que son los gestos bonitos dentro de una relación? ¿Recuerdas que llegamos a la conclusión de que ambos eramos de esas personas cursis a las que les gusta demostrar su afecto siendo detallistas? ¿Recuerdas que hablamos de escribir cartas? Claro, no nos referíamos a intercambiar cartas entre nosotros; en ese momento éramos más desconocidos que amigos realmente. Quizás conversábamos sobre esas cosas porque queríamos descubrir qué escondía la personalidad del otro. Nos estábamos descubriendo. El problema es que yo sigo queriendo lo mismo; descubrir quién eres realmente, qué es lo que te mueve, qué odias, qué deseas, cuáles son tus sueños, qué te atormenta por las noches, cómo percibes la vida, cuál crees que es tu lugar en el mundo. Al principio creía que tú deseabas exactamente lo mismo de mí, pero las cosas han cambiado tanto que he llegado a la conclusión de que estaba equivoca. Sin embargo, aquí estoy, probablemente porque soy muy mala olvidando y dejando ir. Puede que parezca fría y cortante al comienzo, pero en realidad suelo desarrollar un cariño bastante profundo por aquellas personas agradables que genuinamente se preocupan por mi existencia.

  Por cierto, en caso de que aún lo dudes, te aclaro que esta carta es para ti. Si por algún milagroso motivo llegas a leerla, no te alarmes; esta es una carta que no espera respuesta. No tienes que buscarme o escribirme para explicarme ese "no" que nunca dijiste, pero que yo entendí claramente con el paso del tiempo y la evolución de tu comportamiento. Créeme, no te culpo por no quererme, estás en todo tu derecho, es decir, no eres el primero que se aburre de mí y, conociendo mi suerte, tampoco creo que seas el último. Sin embargo, espero que entiendas que así como tú tienes derecho a irte sin mirar atrás, yo también tengo derecho a desahogarme juntando letras y organizando palabras en una página en blanco.

  No sé si lo sabes, pero llegaste cuando lo único que quería era estar a solas con mis heridas más recientes. Te atreviste a entrar a mi vida para sacarme de ese trance en el que me hallaba por estar escarbando cada vez más profundo en mi pasado. Me diste esperanza, espantaste a la soledad como si se tratara de un mal sueño y te vi tomar la sensación de abandono que me oprimía para destruirla justo frente a mis ojos. Actuaste como si te importara mi pequeña y aburrida vida, y todo eso me llevó a pensar que quizás me había equivocado al creer que era una más del montón, una persona incapaz de despertar algo increíble y hermoso en otros. ¿Cómo no querer a alguien que te hace sentir así de bien? ¿Cómo ignorar a una persona que te rescata de las garras de la cotidianidad para recordarte lo importante y gratificante que es aprovechar cada segundo que nos da nuestra existencia? Pensé que por fin había encontrado a alguien que no sólo era capaz de encajar en mi vida, sino que también era capaz de mejorarla. Te había encontrado a ti. 

  Recuerdo que al despertar lo primero que hacía era buscar tus palabras, leer lo que habías dejado para mí. Sonreía y apretaba el teléfono celular contra mi pecho como si tuviera 15 años de nuevo. Verte era emocionante, aunque, extrañamente, no me hacías sentir nerviosa. Sí, es cierto que muchas veces evitaba mirarte directamente a los ojos porque temía que leyeras en mi rostro cada uno de mis sentimientos, pero ese temor no hacía desaparecer la sensación de comodidad que te indica que todo está en su debido lugar. Era como si nuestros encuentros se trataran de algo tejido cuidadosamente por el universo en su afán por escribir el destino de nosotros los mortales. 

  Todo parecía ir bien, me moría por hablar contigo todo el tiempo y tú seguías interesado en lo que tenía que decirte a diario. Me contabas sobre tu vida mientras yo me mordía la lengua para no confesarte que podría escucharte hasta que ya no quedara absolutamente nada qué contar en el mundo. En el fondo, sólo deseaba que las cosas fluyeran entre nosotros con el paso de los meses para así poder ser más abierta contigo. Quería que siguiera creciendo la confianza que nos teníamos. Quería que llegara el día en el que podría decirte, sin ningún temor, que te había extrañado en muchas ocasiones, que me importabas de una forma inexplicable y que te quería como pocas veces se puede querer en la vida. Deseaba sorprenderte, regalarte partes de mí, cantarte cuando estuviéramos solos, hacerte reír, confiarte mis libros, escribirte cartas bonitas, y no tristes, como esta. Quería, quería, quería y aún quiero, pero no se puede, ¿verdad? La vida es así; una cadena de ilusiones hecha trizas. Mi mente planificaba cosas sin parar y yo no tenía la fuerza de voluntad necesaria para pedirle que se detuviera; quería que el sueño continuara sin importar las desastrosas consecuencias que puede traer ser el dueño de un sueño roto.

  Aunque las manecillas del reloj han dado incontables vueltas desde que este pasado del que hablo ya no es mi presente, sigo preguntándome qué hice mal. ¿Algún día me lo vas a contar? El interés que tienes por mí ya no es el mismo, eso es seguro, pero aún no conozco la razón de ser del cambio que experimentó tu manera de tratarme, tu forma de verme. Regresé sobre mis pasos, analicé mi comportamiento, me miré en el espejo con los ojos hinchados y le di vueltas al asunto hasta perder el apetito. No obstante, lo único que entendí es que siempre fui fiel a mí misma. No te hablé de sueños que nunca tuve ni fingí pasión por algo que a ti sí te volvía loco de emoción. No te di la razón cuando creí que estabas equivocado y expuse mis ideas y opiniones aun sabiendo que pensabas distinto. Me mostré como era y quizás ese fue el problema. Buscas a alguien distinto, ¿no es cierto? Siento no haber sido lo que esperabas, pero soy incapaz de desfigurar mi personalidad hasta lo irreconocible para cumplir con la lista de deseos de otra persona. Eres bueno, pero me temo que nadie lo vale.

  Con una pierna fuera de mi vida o no, debo confesar que con frecuencia hablo contigo en mi cabeza, sobre todo cuando tengo problemas y necesito desahogarme. Sé que suena patético, principalmente porque ya no estás como antes, pero imagino tus respuestas y los comentarios burlones que harías si supieras todo lo que he hecho y pensado últimamente. Lo único que no sé imitar es tu manera de motivarme, ya que no soy la mejor cuando se trata de creer en mí misma. Dicho esto, espero que no te preocupes, lo de hablar con mis amigos dentro de mi cabeza me pasa cuando converso muy seguido con alguien. Seguramente dejaré de hacerlo un día de estos, cuando se me ocurra otra voz con la cual desahogarme.

  Bueno, voz en mi cabeza, te dejo por un rato. Espero que perdones lo extenso y lo cursi. Espero que me perdones por ser lo que sea que soy.