Los buenos días que me susurrabas al oído eran mi despertador, tus brazos me rodeaban como cada mañana y tu calidez me hacía desear quedarme entre las sabanas contigo para siempre, pero la vida no es perfecta así que tuve que luchar contra mi voluntad y tus manos que sujetaban mi cintura para retenerme en el paraíso. Se me hacía tarde y tenía que preparar el café y el desayuno.
Abrí las cortinas y me deleité con los rayos de sol que estaban luchando desde el amanecer para entrar en la habitación. El día estaba precioso, era uno de esos días perfectos para pasear por el parque, sentarse bajo un árbol a leer mientras la imaginación hace de las suyas o simplemente para caminar junto a la persona indicada, en mi caso tú.
Serví el desayuno mientras te burlabas de mis básicos conocimientos culinarios, te miré con cara de reproche y vi en tu mirada el miedo de un niño que le teme a los regaños de su madre, reí al ver tu reacción al darte cuenta de que estaba bromeando. Reír y luego mirarnos con ternura ya era una costumbre, sentía que podía contemplar el universo en tus ojos.
Te llevaste los platos a la cocina y rápidamente me cargaste para llevarme en brazos como recién casados a la cama destendida, antes de poder quejarme por el desorden me callaste con un beso y borraste cualquier pensamiento con tu cegadora sonrisa.
Sería la mañana perfecta si tan solo pudiera quedarme, pero ese no es el caso, tarde o temprano el sonido del despertador sobre mi mesa de noche me sacará de este sueño y todo habrá terminado.
